Cómo se sintió en Misiones la pandemia de fiebre española que asoló al mundo a principios del siglo pasado

Por Rubén Bravo – Licenciado en Historia

A principios del Siglo XX, la ciudad de Posadas era un poblado agreste y distante de los grandes centros urbanos, igual que Villa Encarnación en la vecina orilla del Río Paraná. Era el punto de referencia para los que se adentraban en el Alto Paraná en búsqueda de Yerba Mate silvestre y madera. Grupos de colonizadores se abrían paso en el Territorio Nacional de Misiones y comenzaba a fluir una idea de “progreso” compartida por los pobladores pioneros de la región y por aquellos que se incorporaban provenientes del viejo mundo.

 

Sin embargo, las condiciones sanitarias en Posadas a principios del Siglo XX, eran más que precarias; la Bajada al Puerto y la Estación del Ferrocarril (inaugurado en 1913) eran los lugares más recurrentes para todo tipo de infecciones. En las primeras actas del Concejo Municipal abundan informaciones sobre brotes de viruela, cólera y una distribución caótica de asentamientos de párvulos y de varios cementerios; lo que indica el alto grado de mortalidad que existía en la incipiente ciudad.

 

En 1908 se habilitó el “Hospital de la Caridad” a cargo de la Sociedad de Beneficencia, era el único centro de salud en condiciones muy precarias, estaba ubicado sobre la Av. Mitre entre las calles Rivadavia y Buenos Aires, donde actualmente funciona el Hogar de Niñas Santa Teresita; aún faltaba un par de años para que el Hospital Común Regional “Dr. Ramón Madariaga” fuera inaugurado en 1924.

 

No se sabe con certeza el origen de la Gripe de Influenza o Gripe Española; lejos casi olvidado, había quedado la amenaza de la Peste Negra (Peste Bubónica) que azotó Europa en el Siglo XIV. Se cree que la llamada “Influenza Española” se originó en el Medio Oriente; Europa y otras regiones del mundo se encontraban inmersas en la Primera Guerra Mundial, conflicto que involucró a decenas de naciones y que marcó un cambio de época por sus connotaciones sociales, políticas, económicas y tecnológicas, como sostiene Eric Hobsbawm.

 

Los Estados beligerantes censuraban todo tipo de información sobre los estragos causados por la nueva epidemia, para que sus rivales no aprovecharan las frágiles condiciones sanitarias en la que se encontraban.

 

La situación sanitaria de España -aun siendo un país neutral- era igual de grave que en los países en conflicto; pero a diferencia de los beligerantes, la prensa de ese país publicaba el estado sanitario de las regiones más afectadas por la enfermedad. Fue así que 1918, un corresponsal del “The Times” de Madrid, bautizó a este brote epidemiológico como “La Gripe Española”.

 

Está claro que en la península Ibérica no se originó la peste, pero sin dudas los lazos nos unen con esta parte del mundo, reforzó la idea del origen español, básicamente por los contagios masivos que se producían en las ciudades portuarias de Latinoamérica que recibían cantidades importantes de inmigrantes españoles.

 

La segunda globalización, producto de la Revolución Industrial, había permitido una comunicación más fluida entre las distintas regiones del globo. Los trenes y barcos a vapor primero, y luego los grandes trasatlánticos, permitieron acortar las distancias y el tiempo dando una idea de movimiento y progreso ilimitado; significó la puesta en escena de recursos y capacidades humanas para la resolución de problemas novedosos, alteró significativamente las costumbres, las ideas, los ritmos y tiempos impuestos por las tradiciones locales.

 

Pero la idea de “progreso” también estaba acompañada de resultados no deseados, de catástrofes naturales y de otras provocadas por los nuevos tiempos modernos. En las primeras décadas del siglo XX, Posadas y otros poblados de la región, afrontaron el desafío que la Influenza Española ponía a prueba: la vulnerabilidad sanitaria, los recursos disponibles y la solidaridad de los vecinos.

 

Entre 1918 y 1921, la Gripe Española se había propagado en la región, el contagio iba de pueblo en pueblo, de casa en casa, asaltaba a los más desprevenidos que no alcanzaban a dimensionar que se trataba de una pandemia de alcance mundial.

 

La noticia de los numerosos contagios y muertes provenían de distintos lugares: Buenos Aires, Rosario, Corrientes y Asunción eran algunas de las ciudades más afectadas; pero la muerte avanzaba hasta los lugares más lejanos; así se refería la prensa local:

“La Tarde” Posadas, Noviembre 21 de 1918. “Noticias Varias” – “SIGUE LA PESTE” – “Numerosas Víctimas: Según nuestros informes en los pueblos de la zona del Uruguay, limítrofe con el Brasil, la gripe está haciendo estragos.- Es muy probable que haya llegado por allí la llamada Gripe Española, que tantas víctimas causó en la Península Ibérica…”

 

A fines de noviembre de 1918, con la presencia del Comisionado Especial del Departamento Nacional de Higiene Dr. Garracino, el Concejo Municipal de Posadas tomó diferentes medidas para paliar el flagelo causado por la gripe. Además del aislamiento y otras medidas higiénicas, se nombró una comisión auxiliadora compuesta por los vecinos Juan L. Peralta, Amos Borghesi y el Secretario Municipal Pedro Rebollo (h). Pero pese a los esfuerzos conjuntos, la epidemia avanzaba:

“Moribundos casi todos, gemíamos bajo el peso agotador de los accesos. Y aquel 4 de enero de 1919 – día que yo cumplía once años de edad- nuestra hermana mayor Julia volaba al cielo… en medio de aquel estado de inconsciencia, escuchamos los típicos y cautelosos ruidos que promovían los empleados de la funeraria. No pudimos verla, pero desde las piezas vecinas la despedimos con desgarrantes sollozos. Nuestra madre clamaba para que le permitieran postrero adiós a la hija de sus entrañas. La consigna, sin embargo, era severa; nadie podía levantarse porque el esfuerzo podía ser fatal.”

 

Don Balbino Brañas, vecino de Posadas, recrea un momento íntimo de su infancia, es un testimonio sumamente valioso y que sin dudas se habrá repetido entre las innumerables familias que se encontraban en la misma situación. La escasa información, la vulnerabilidad sanitaria, el contagio de la gripe y la muerte de sus seres queridos, alteró drásticamente la vida cotidiana; al mismo tiempo trastocó costumbres muy arraigadas en el inconsciente colectivo, la duración de las ceremonias fúnebres se acortaron y en muchos casos los velatorios dejaron de realizarse por la prohibición o la ausencia total de familiares y amigos.

 

Siguiendo el testimonio de Balbino Brañas, bien podríamos comparar la situación vivida por los vecinos de Posadas allá por 1918 y 1919, con los casos contemporáneos de Corona Virus que hostiga muchos países como Italia, España, Ecuador y otras regiones del mundo:

 

“El mal saltó de casa en casa, de barrio en barrio, y rápidamente la mayor parte del vecindario estuvo infestada…” “Un triste y desolado lazareto se instaló en las cercanías de lo que es hoy el Parque República del Paraguay. Diariamente las defunciones se contaban por docenas. El aspecto que allí ofrecían a esos pobres cuerpos tendidos en miserables camastros, consternaba el ánimo y encogía el corazón.” “Las víctimas eran trasladadas en carros, casi al galope, hasta el cementerio. A veces diez o doce cajones mal cerrados se amontonaban en aquellos elementales vehículos.”

 

No se conoce el número de víctimas causada por la epidemia durante 1918 y 1919, pero el cuadro desolador descripto por Brañas y los publicados en la prensa local, permiten dimensionar el pánico de aquellos tiempos.

 

De acuerdo a las necrológicas publicadas en el vespertino “La Tarde”, entre las víctimas figuran:

“El fotógrafo Sr. Adolfo Rossi, “víctima de la epidemia reinante…”; Marcelino Meseguer (extensa necrológica) “…cuando la epidemia gripal lo sorprendió, sin suponer que fuese para el desenlace fatal.”; Claudina F. De Maciel Pérez “…víctima de la epidemia reinante…”; Emilio Gröbli “maquinista de la Usina Eléctrica… que fue atacado por la epidemia gripal…”; Atanacio Reca “…de fuerte complexión y de una salud a toda prueba…había llegado a una edad avanzada…Nada hacía pensar en el rápido desenlace…”. “En el Lazareto ha dejado de existir anoche, víctima de la epidemia reinante, el Sr. Carlos Hornug, que desempeñaba la gerencia del Hotel Misiones…”

 

La duración de los velorios, la improvisación de Lazaretos (en el caso de Posadas en las inmediaciones del Parque Paraguayo), los cierres de locales comerciales –incluidas farmacias y empresas funerarias-, la incineración de objetos y el traslado de decenas de cuerpos acumulados en carros precarios al cementerio local, son secuelas hoy olvidada pero vividas y sufridas aquí en Posadas.

 

Al mismo tiempo, la solidaridad demostrada por los vecinos durante la epidemia y frente a otras catástrofes ocurridas en los años veinte, puso en evidencia su capacidad de superar momentos de crisis.

 

La donación de alimentos a los vecinos más necesitados por parte de comerciantes destacados, las actividades escolares y religiosas para recaudar fondos y, principalmente, la asistencia médica durante la epidemia de los doctores: Pablo Pomar, Juan Parola, Manuel Urbieta y José Antonio Agüero (quien perdió su vida en cumplimento de su deber), son evidencias concretas de los sucesos ocurridos y deben servir de ejemplo y reflejo de lo que somos capaces de emprender cuando nuestra comunidad y nuestro modo de vida se encuentran amenazados.

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